Cineasta Enrique Fernández habla del baño que bendijo al cine uruguayo

El codirector de la exitosa cinta “El baño del Papa” habló con Emol en el Festival de Cine de Viña del Mar sobre los orígenes y la repercusión de su película, que filmó junto al premiado fotógrafo de “Ciudad de Dios”.

Miércoles 19 de Noviembre de 2008 
13:26 
Felipe Vásquez, enviado especial a Viña del Mar

VIÑA DEL MAR.- Papas fritas, parrilladas, tortas… y un baño. Así es como el pequeño pueblo uruguayo de Melo recibe al Papa –o más bien a los miles de fieles que lo siguen- en la exitosa película “El baño del Papa”, que luego de haber recibido más de una decena de premios en festivales internacionales, esta semana compite en la principal categoría del Festival de Cine de Viña del Mar.

Este largometraje, que el año pasado representó a Uruguay en la lucha por los Oscar, es una historia que tiene su cuota de ficción, pero que se basa principalmente en los eventos reales que ocurrieron en 1988 cuando Juan Pablo II visitó aquella pequeña localidad fronteriza.

Una cinta que mezcla elementos dramáticos con un sutil humor, sobre un humilde padre que se dedica a cruzar enseres ilegalmente por la frontera como forma de subsistir, pero que ante la precaria situación económica se le ocurre la idea de poner un baño y lucrar durante la visita del Pontífice.

La película fue elaborada por dos debutantes en la dirección: Enrique Fernández y César Charlone. El segundo reconocido por su exitosa carrera como fotógrafo y por ser estrecho colaborador de Fernando Meirelles, incluida su nominación a un Oscar por “Ciudad de Dios”. Fernández, que ya planea su primera película como director en solitario, “Enanas blancas”, se sentó a conversar con Emol tras la primera presentación de la película en Viña, donde desde ya se perfila como una de las favoritas para conseguir la Paoa de más valor en la clausura del próximo sábado.

¿Cómo nació la idea de escribir esta historia tan original?
-Salió de un hecho real de la visita del Papa a mi pueblo natal. Yo había ido en 1998, porque ahí hay algunas propiedades que son de la familia también. Estaba cenando en una parrillada y escuché que alguien contaba en el mostrador una anécdota que a mí me pareció absolutamente zopilante, en relación con la visita del Papa, de la cual yo no había tenido noticias. Cuando terminé de comer, fui a hablar con la dueña del local y me dijo “sí, claro, el Papa estuvo acá y sucedió tal cosa. ¿Usted no se enteró?”. Digo, “no, no me enteré”. Eso era un sábado en Melo y el domingo fui a recorrer la zona donde me habían indicado que había estado el Papa y ahí entrevisté por primera vez a tres personas que habían estado. Por ejemplo, el caballero que se nombra en la película, que se llama precisamente así: Caballero. Y efectivamente sacó cocinas a la calle, pero en vez de tres como sale en la película, fueron siete, y es cierto que contrató prostitutas para que cocinaran. Ahí me empecé a enterar de todo eso.

¿Y la persona que puso el baño?
-No, eso fue lo que yo inventé.

¿Hay algo de su experiencia personal en la película al haber nacido en Melo?
-Claro, el baño de mi casa era el mismo que se ve ahí. Exactamente igual. Y además mi hija tenía 13 años en este momento, al igual que la protagonista. Hay algo de la relación con mi hija.

¿Cómo llegó a trabajar con el cinematógrafo César Charlone y qué tal fue la experiencia?
-Yo nunca había escuchado su nombre hasta 1993. Ocurrió que yo estaba tratando de conseguir fondos para la película y quería llegar a contactarme de alguna manera con Danny Glover y Spike Lee, que por ser afrodescendientes yo pensé que podrían ayudar también a un afrodescendiente en la otra punta del planeta. En algún momento me dicen que alguien que fotografió una película para Lee es César Charlone. Ahí me enteré de existía. Conseguí su correo electrónico y en algún momento de ese intercambio le pregunté si le gustaría venir a fotografiar la película. Él estaba en ese momento haciendo “El jardinero fiel” en África para Fernando Meirelles. Me dijo que le mandara el guión, ahí lo leyó y le interesó. Cuando volvió a Sao Paulo fuimos con la productora Elena Roux y nos dijo “me interesa la película, siempre quise hacer una en Uruguay, pero creo que puedo serles mucho más útil como codirector que como fotógrafo”. Y obviamente que fue así.

¿Qué le parece la respuesta positiva que ha tenido especialmente el público latino frente a la película, lo que la ha llevado a ganar diversos premios en la región?
-Es curioso, pero la reacción de todos los públicos que yo he presenciado, en Francia, en Alemania, en Dubai, en Montevideo y acá, es la misma. La trama es muy sencilla, pero hay cierta sutileza en los sentimientos que los personajes muestran en la historia, y obviamente los sentimientos y las emociones son iguales en todo el planeta. A qué madre no le preocupa que su hija esté por irse de la casa. Hasta a los animales les preocupa cuando el cachorro se quiere ir.

¿Es cierto que existen planes de hacer un remake?
-Hay algo. La película tiene un productor francés, que se llama Serge Catoire. Él me dijo que hay un interés por parte de un productor alemán por hacer una “versión alemana”, por decirlo de alguna manera. Lo entiendo bastante bien, porque supongo que el Papa Juan Pablo II, que recorrió todo el planeta, debe haber causado reacciones parecidas en muchos lugares del mundo. Sé concretamente de algunos lugares en Latinoamérica donde se dio exactamente lo mismo.

¿Cuál es su visión del cine que se está haciendo en Uruguay, que acá comenzó a escucharse después de “Whisky”?
-El cine en Uruguay tiene diez años. Si uno mira la cantidad de películas que se han hecho –no muchas-, y la resonancia y cantidad de premios que han tenido entre todas, creo que es un saldo muy positivo. Sobre todo porque la cantidad de dinero tope que puede conseguir este año una película uruguaya es de 70 mil dólares. Después hay que salir a conseguir el resto afuera, para llegar por ejemplo, como nosotros, a 900 mil dólares. Estamos entrando en la misma situación que Chile, Argentina y otros países latinoamericanos, en los cuales la gente del país no quiere ver el cine que se hace. Los uruguayos no quieren ver cine uruguayo. En general lo consideran un cine, como decimos allá, “de bajón”, un cine que deja triste al espectador. Esta película de alguna manera angustia al espectador, pero después lo recompensa con otras cosas. Yo creo que es posible hacer un cine donde el autor diga lo que quiere y el espectador sienta que fue al cine a ver una obra cinematográfica distinta a lo informativo de la televisión.

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